Richard Gere y Don Quijote.

Ya sé que alguna intentará fusilarme al amanecer con su implacable feminismo. Pero me da igual. A estas alturas, me es “hinberosímil y habsolutamente despiadante” -así lo diría mi amigo Juan de Sevilla- que traducido al castellano viene a decir: me da igual. Y es que esto de ser caballero, aspirar a serlo o, al menos, intentarlo no es una cuestión de género  sino más bien una condición personal, una actitud que bien puede tener tanto una mujer como un hombre. Sí, ser caballero es como la actitud de Ser Elegante sobre la que ya escribí aquí. Primero hay que sentirla y luego exteriorizarla. Mi visión de la caballerosidad está muy cercana a un enfoque práctico de la vida que consiste en generar a mi alrededor un clima agradable que me haga sentir bien y haga sentir bien a los demás. Sin embargo, está claro que es imposible agradar a todo […]

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Damas y caballeros.

No, no estoy llamando la atención del público en una ceremonia para una entrega de premios. Pretendo escribir de la calidad y cualidad que deben tener una mujer o un hombre para ser calificados de esa manera.  Hago así honor a la palabra dada a mis protocolarias Flor de Paz y María Gómez  a quienes he prometido escribir sobre el asunto. Veremos lo que sale. Por cierto que mantener la palabra dada, aún cuando las circunstancias se tornen desfavorables para el que la compromete, es cualidad inseparable de alguien que sea o pretenda ser una dama o un caballero.  Antes de seguir me gustaría dejar bien claro que lo que pudiera demandarse a un caballero para ser calificado como tal, es también requerido para tener el honor de ser considerada como dama. No existe el género para esto sino solo una noble actitud personal que es común a hombres y mujeres. […]

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