Richard Gere y Don Quijote.

Ya sé que alguna intentará fusilarme al amanecer con su implacable feminismo. Pero me da igual. A estas alturas, me es “hinberosímil y habsolutamente despiadante” -así lo diría mi amigo Juan de Sevilla- que traducido al castellano viene a decir: me da igual. Y es que esto de ser caballero, aspirar a serlo o, al menos, intentarlo no es una cuestión de género  sino más bien una condición personal, una actitud que bien puede tener tanto una mujer como un hombre. Sí, ser caballero es como la actitud de Ser Elegante sobre la que ya escribí aquí. Primero hay que sentirla y luego exteriorizarla.

Mi visión de la caballerosidad está muy cercana a un enfoque práctico de la vida que consiste en generar a mi alrededor un clima agradable que me haga sentir bien y haga sentir bien a los demás. Sin embargo, está claro que es imposible agradar a todo el mundo porque esto de la caballerosidad hay que sentirlo. Yo lo intento a diario para sobrevivir en esto de las relaciones personales y profesionales. Al que no lo siente y lo pretende se le ve el plumero a varios años luz.

La caballerosidad es una suma de valores personales que un coach identificaría con liderazgo, prestigio o carisma. Porque el que el que siente, es y actúa como un caballero, siempre tiene éxito social y, por extensión, profesional. Inteligencia emocional le llaman a eso.

Algunos pueden equivocadamente identificar a un caballero con una persona débil de carácter pero nada más lejos de la realidad. Un caballero da un paso atrás cuando no es bienvenido. Eso es tener sentido común; cede el paso cuando es vencido. Eso es ser elegante de carácter. Un caballero da un paso al frente cuando alguien pretende -sin causa justificada- hacer daño a quienes le rodean. Eso es ser valiente. Todas las anteriores son actitudes dignas de un líder.

Un caballero es bondadoso con su tiempo, valora a sus allegados y está dispuesto a ayudar a quien demanda favor, sin esperar nada a cambio. El valor de la generosidad corresponde solo a los más grandes. Eso crea a personajes con carisma.

Un caballero no cuenta lo que sabe porque conoce el verdadero valor de la discreción y el descrédito que significa la falta de mesura y la mezquindad. Un caballero vale más por lo que calla que por lo que cuenta. Eso hace a personas dignas de confianza.

Un caballero nunca menosprecia a quienes tienen menos, saben menos, conocen menos o pueden menos. Al contrario, valora lo mucho que ellos tienen de más. Esa condición solo la tienen los nobles de carácter.

Un caballero enseña al que desconoce sin mostrar su sabiduría. Esa virtud es solo propia de los verdaderos maestros y los buenos consejeros.

Un caballero hace gala de sus modales con quien los pierde o nunca los tuvo. Eso actitud le diferencia y distingue. Le hace genuino.

Un caballero se levanta ante la presencia de una dama, abre puertas y cede el paso a cualquier persona que merezca el gesto, aun cuando sea tachado de machista. Eso le hará digno de respeto.

Un caballero también se emociona, ríe y llora porque eso le humaniza.

Yo aspiro a ser un caballero pero me temo que con tantas carencias personales tendría que vivir otros doscientos cincuenta mil años de penitencia para purgar todos mis defectos y pecados. De cualquier forma, intentaré dejar mis mediocridades para después de muerto.

Después de todo el pasteleo anterior quiero que quede claro, para aclararnos, que a mi me gustaría parecerme más a Richard Gere que a D. Quijote. Y ahora me voy a jugar al golf, que estoy muy preocupado por mi handicap. Además, este deporte “viste” mucho.

Buena semana.

© Juan de Dios Orozco López

 

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