Razón, corazón e imagen pública.

Sentimientos y sentido de la vista. A través de ellos se llega a influenciar. La capacidad de razonar y los demás sentidos tienen poco peso a la hora de tomar una decisión. Es más importante lo nos agrada y nos hace sentir bien que lo que, analizado fríamente y desde la razón, nos conviene. Así tomamos las decisiones que afectan de manera importante a nuestras vidas. Cualquier pequeño detalle afecta a la percepción de manera que si la suma de esos pequeños inputs nos resulta atractiva, reaccionamos de forma positiva al estímulo. Si, por el contrario, lo observado nos resulta desagradable lo rechazamos. En resumidas cuentas, lo que nos mueve en uno u otro sentido, a la hora de tomar decisiones, es el corazón y las emociones y no la razón. Que no seamos conscientes de todo lo que influye en nuestra mente no quiere decir que no se esté actuando sobre nuestras personas.

De lo anterior saben muchísimo los asesores de imagen pública. Sí, los que asesoran a los políticos en la forma en que han de vestirse, moverse, actuar públicamente, sonreír,  comer, debatir, hablar en público o parecer sinceros, coherentes y creíbles. También saben de ello los publicistas que son capaces de vender a un Tuareg un oso polar, como animal de compañía. Todo se reduce a presentar un producto como genuino, necesario, atractivo y alcanzable. Da igual que sea una lavadora o el presidente del gobierno, salvando las distancias.

Desgraciadamente no contamos siempre con expertos asesores que sepan descodificar todos esos pequeños mensajes que afectan a nuestras decisiones, que no son “razonables” y de cuyos resultados sobre nuestra mente no somos conscientes.

Es el caso de lo que le ha ocurrido al príncipe Enrique en su reunión con Melania Trump. Como siempre, lo pequeño ensombrece lo realmente importante. Ha sido un pequeño gesto el que se lleva toda o parte de la atención quebrantando el verdadero objetivo del encuentro. El gesto, que tiene diferentes significados dependiendo de si se ejecuta en Texas o España, ha copado la atención. Lástima que los nervios del príncipe le hayan jugado esta mala pasada y se interprete que la posición de sus dedos reproduce “los cuernos del diablo” , según ¿la experta? Patti Wood que hoy cita abc.es. Los detractores de La Corona Británica interpretarán que es un insulto para la Sra. Trump mientras que los seguidores del príncipe Henry quitarán hierro al asunto afirmando que los gestos deben ser analizados en un contexto amplio y no aisladamente. Ambas partes se moverán por sus sentimientos para justificar o criticar ese gesto pero la verdad , creo yo, es que el significado no va más allá de la incomodidad que le produce al príncipe la situación en la que se encuentra.

También le ocurrió algo parecido a Barack Obama cuando se encontraba hablando telefónicamente con el primer ministro turco, desde el despacho oval, mientras empuñaba un bate de béisbol. Los turcos del partido opositor se indignaron porque interpretaron ese gesto como ofensivo y lo calificaron de “un insulto implícito a Turquía y sus ciudadanos”

En resumen, los sentimientos dividen a unos y otros. La razón viene a afirmar que determinados gestos no tiene la más mínima importancia. Sin embargo ahí está el efecto, deseado o no. Así que  que cualquier gesto o pequeña actividad deba ser medida para que, en el peor de los casos, no afecte a los intérpretes ni a sus objetivos de comunicación. No todo vale. Es necesario convertirse en actor que interpreta un papel y ya sabemos que actores hay buenos, regulares, malos y nefastos. Los directores de la representación suelen ser expertos en imagen pública y su objetivo es generar emociones, utilizando la vulnerabilidad del ser humano para influenciarle en uno u otro sentido.  Así son las cosas.

Por cierto, que este hueco profesional cada vez está más ocupado por expertos procedentes del mundo del protocolo quienes tienen una formación y conocimientos transversales que les permite desarrollar con éxito estos cometidos tan cinematográficos.

© Juan de Dios Orozco López

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