Trump, siempre Trump.

Me imagino cómo han de estar los asesores de Trump. No hay comparecencia pública del Presidente de los EE.UU de Norteamérica que no tenga una “trumpada” -término acuñado, creo, por mi amiga Marita Serna- que finalmente difumina el verdadero objeto de la reunión.  Es lo que tiene no confiar en el protocolo o, lo que es peor, desafiarlo y obviarlo.

Para mi es inevitable establecer comparaciones entre Obama y Trump. Mientras que aquel no se enfrentaba a un grupo de cámaras y personas hasta no conocer el más mínimo detalle y movimiento que debía o podía ocurrir, éste continua despreciando su puesta en escena, desafiando las leyes básicas del saber ser, saber estar y saber actuar que todo dirigente, se supone, debe poner en práctica. No parece que Trump tenga propósito de la enmienda. Todas las ideas, propuestas e intenciones que pueden estar incluidas en un acto quedan minimizadas por sus descuidos, conscientes o no, en materia organizativa y de cortesía. A Obama le dio un resultado optimo atender a la parte organizativa de los actos en los que participaba. La actitud de Trump siempre tiene un costo negativo. Se podría analizar cual es el costo de recursos que supone el funcionamiento en la preparación de cada uno de los encuentros del Presidente Trump y el poco tiempo que un presidente descuidado -cuando menos- tarda en dilapidar todo el esfuerzo de quienes diseñan y dirigen estos encuentros.

Cuando Trump hace algo que se supone está bien hecho, lo ejecuta de una manera tan vulgar y poco elegante que echa por tierra su supuesta buena intención. Lo vi ayer cuando contestaba al saludo militar de un carabinieri italiano. Un desastre. No cuida su imagen y eso tiene un costo importante.

Se lo decía hace unas semanas a una periodista de una televisión colombiana, “hay que darle algún tiempo”, pero ahora comienzo a cambiar de idea. El tiempo se acaba y ni el -tampoco su esposa- tienen intención de mejorar en sus comparecencias públicas. Trump no saluda a Merkel, el primer ministro japonés debe recordarle que le mire a los ojos cuando lo saluda y ayer tienen que avisarle, cuando ya se marchaba,  de la fotografía que debe debía tomarse saludando al Primer Ministro israelí.

A más abundancia  su esposa, más preocupada en su propia imagen que en la de su esposo, también comete fallos como negarle la mano o avisarlo que debe saludar “a la americana” al himno nacional.

Fallo tras fallo, se va minando la credibilidad de Trump y en sus comparecencias públicas se espera más el fallo en sus formas que el acierto deseable de su actitud personal.

Así que, en lugar de sumar adeptos a su causa, con su actuación pública descuidada, consigue una merma que día a día le pasa factura y disminuye su cuenta de resultados.

© Juan de Dios Orozco López

También te puede interesar.....

1 comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *