Protocolo al servicio de la diplomacia.

Está claro, al menos para mi, que ofrecer atenciones a los demás, hacerlos sentir bien y distinguirlos como importantes, siempre da buenos resultados…personales y empresariales. También en el universo de la diplomacia.

“Se gana más con miel que con hiel”, decía mi madre, y la experiencia me lo ha corroborado. En el plano personal, una sonrisa a tiempo, un adecuado apretón de manos, ceder el paso oportunamente, invitar a un café, hacer una llamada telefónica en el momento justo, mostrar empatía y, a veces, dar un paso atrás o al lado para entregar el protagonismo a otra persona, son gestos que reafirman la calidad personal e impulsa la imagen pública de quienes lo practican. Si trasladamos estos gestos al mundo de la política y la diplomacia donde la cortesía y la sagacidad, además del conocimiento de los procedimientos que rigen las relaciones entre las naciones, son cualidad imprescindible de quienes tienen altas responsabilidades, parece que practicar el protocolo es condición inexcusable para representar y liderar. Los gestos verbales y no verbales públicos tienen trascendencia universal, por mucho que algunos los desprecien. Así les va.

Algunos intentan imitar los modos de Obama -ponía los pies en el escritorio del despacho oval- quien daba a su gesto un tratamiento informativo y escogía momentos oportunos para utilizar su gesto como catapulta de imagen pública. Pero a otros, como a Trump, esto no le sale bien. Hay momentos y momentos y el utilizado por su asesora, en esta recepción a decanos de universidades afroamericanas, parece más un gesto premeditado de desprecio que la vivencia de un momento cómodo y distendido.

La asesora de Trump, Kellyanne Conway desconoce o desprecia las formas exigidas para hacer política y diplomacia. Tras quitarse los zapatos, permitió que fuera fotografiada de esta forma.

Quien tenga alguna responsabilidad institucional y no sepa o quiera actuar en el modo que se espera de el, está abocado al más estrepitoso fracaso. Si no me crees, echa un vistazo al Presidente de EEUU, paradigma de la “no-diplomacia”, a quién la Reina de Inglaterra quiere recibir durante las vacaciones parlamentarias y fuera de Londres para evitar protestas y desórdenes públicos por esa falta de habilidad social de la que Trump es el mayor exponente, como alto dirigente, que se ha visto nunca. El resultado de sus carencias públicas en modales, cortesía y modos diplomáticos de actuar, es el rechazo expreso de muchos y el objetivo del dedo acusador de otros tantos. Su grosería no tiene precedentes. Cuelga el teléfono a dirigentes, insulta a las naciones, practica el nepotismo, defiende los intereses empresariales de su familia públicamente y desprecia a los que no piensan como el. No tiene filtro…..sí, aquel filtro del que yo escribí hace ya algún tiempo y que puedes leer aquí.

Donald Trump es el paradigma de la no-diplomacia.

Otro ejemplo -tan patético como real- del desprecio por las formas es el que escenifica el Presidente Maduro quien, como estrategia para desviar la atención de sus múltiples problemas internos se dedica a insultar a jefes de gobierno extranjeros como Mariano Rajoy, al que literalmente ha calificado públicamente de “bandido” y “protector de delincuentes y asesinos”. Por encima de la ideología se ha de colocar el respeto, respeto, respeto….

El presidente Zapatero se entrevista con el presidente Maduro de una manera informal, al menos en su indumentaria.

La diplomacia es un arte que algunos desconocen y otros desprecian. Su práctica exige formas, manifestaciones externas de educación y respeto. La cortesía, aunque se presente como aparente e interesada, es una exigencia para el éxito en las relaciones internacionales. De inicio, si se es educado, se tienen más posibilidades de éxito que si se practica la bocachanclería.

A veces -en muchas ocasiones me temo- la inteligencia, preparación y trayectoria personal, profesional y política no son razón suficiente para el éxito en la representación.

Hace falta un paso más y para eso está el protocolo, para acercar a las partes distantes…siempre que no se quieran levantar muros, ya sean físicos, culturales, políticos o intelectuales.

© Juan de Dios Orozco López

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