La banalización del protocolo.

Me temo que o mucho cambian los tiempos o alcanzaremos un punto de no retorno en el que los modales, la etiqueta y la correcta ejecución de los actos atenderán a criterios partidarios, del momento o simplemente al gusto personal e interesado de unos pocos. Si seguimos así, tendremos que hablar de otra cosa e inventar nuevas definiciones para lo que hoy denominamos protocolo. Quien así lo admita deberá dedicarse a aceptar lo que “la moda”  y un nutrido rebaño de borregos pretenda imponer.  Si ese es el camino, yo me bajo en la siguiente parada. Ahí no estaré. No es una cuestión de gusto, lo es de convicciones.

Si comenzamos a saltarnos las normas que han sido aceptadas por convención social  y a romper con lo que se hacía ayer y funcionaba, perderemos definitivamente nuestra identidad cultural. El olvido es un cáncer para el protocolo y creo que no es necesario recordar que una de las finalidades del mismo es conservar la costumbre. Ello no quiere decir que debamos permanecer anclados al pasado sino que mirando hacia atrás , tendremos más elementos de juicio para acometer cambios en el presente con idea de preparar el futuro.

Tenemos la obligación ética y estética de preservar y difundir la tradición como elemento aglutinador, de cohesión social y  como componente esencial de la genuina forma de ser y pensar individual o colectiva. Las modas son efímeras y pasajeras y solo lo legitimado por el paso del tiempo no acaba desvaneciéndose.

Por eso creo que no todo vale y afirmo con rotundidad que no debemos relajarnos en el cuidado de las formas, en especial cuando se trata de compartir momentos solemnes. Sostengo que las “formas son al fondo lo que el camino a la meta” y que  las normas no escritas han servido y servirán para delimitar un contexto de comportamiento social que complementa a lo determinado por la ley. En otras palabras, a los lugares donde no llega la ley, alcanza el protocolo para facilitar la convivencia.

Saltarse las tradiciones y las normas de conducta  en cualquier contexto no es una actitud de modernidad sino de desprecio al civismo, a los valores culturales que fortalecen a las sociedades y además es una falta de respeto para los que sí acatan esas normas que forman parte de la tradición. El respeto a la costumbre afecta también al uso de determinada indumentaria en algunos actos. Se admite ir a una boda ibicenca en la playa y de blanco, y eso es muy respetable. Sin embargo, criticamos la etiqueta exigida para un solemne acto en Palacio Real.

No quiero conocer el momento en el que un invitado a un acto formal o solemne, que se celebre en el Palacio Real de Madrid, se presente de esta guisa. Marc Jacobs se presentó así vestido a un acto cuando a los invitados se les pedía Black Tie (esmoquin). Para mi es una falta de respeto hacia quien lo invitó y un desprecio hacia los que sí acudieron vestidos como se pedía.

 

Trivializar determinados actos con el desprecio a la normas de etiqueta, obviando los tratamientos que corresponden a las personas en razón de su cargo o menospreciando las muestras de cortesía y urbanidad, es una burla para el anfitrión, un desaire para el resto de los invitados y una forma de destacar de manera vulgar, soez y facilona. Lo difícil en nuestros días es sobresalir por la elegancia de conducta que muy pocos aspirantes alcanzan. 

Ya sé que voy en contra de la corriente, pero es que yo siempre fui un poco rebelde y diferente y, además, mi amigo Juan de Sevilla me apoya: ” Guandediö, en mi caza zienpre zemos mu protocolarioz. Hincluzo cuando abaamos a por er pan, aunque ballamos en shandal, nunca nos ponemos shancas. Mueres: Sapatos de tacon y los omvres: Sapato de cordon. Pa hezo zomos mu de la tradizion” ¡Gracias a Dios que tengo un gran seguidor….!

No. No todo está bien. Están intentando banalizar el protocolo y no, no todo vale……

………pero quizá tu pienses lo contrario. Aquí tienes, también, tu espacio para opinar.

© Juan de Dios Orozco López

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