El estilo permanece.

Ya estoy preparando mi segundo libro sobre protocolo. Estoy escribiendo sobre protocolo aplicado al liderazgo y las relaciones internacionales, empresariales, personales, diplomáticas. Por eso estoy volviendo a leer -junto con otros tantos “incunables”- el libro “Código de etiqueta y distinción social” del Duque de Camposol que unido al artículo de Arturo Pérez Reverte “No era una señora” , me han dado una idea sobre la que escribir otra vez: los buenos modales.

La educación y la cortesía siempre fueron cualidades premiables y muy valoradas por las sociedades avanzadas. La sociedad prestigiaba y valoraba a quienes, además de cumplir con las leyes, cumplían con sus deberes de ciudadano. Se trataba de agradar a los demás y el único premio era la consideración de los demás y la satisfacción personal. La actitud de agradar y de no distorsionar la normal relación de personas -aunque sus posiciones personales, ideológicas y de religión sean distantes- es observada como de auténtico civismo, cuando se adaptaba a la norma, o de incívica cuando, de manera consciente, se desprecia con actitudes reprochables las normas de convivencia. Esas normas de convivencia son creadas para cubrir los huecos donde la norma legal no llega de manera que lo que no es punible por la ley es reprochable o premiable por la convención social. Es curioso, mientras la norma legal está hecha para castigar por el incumplimiento, la norma social no solo castiga con el rechazo sino que premia con la consideración del grupo. La sociedad impone unas normas no dictadas legalmente de manera que acatarlas te hace merecedor del respeto o acreedor del mayor desprecio.

Nadie debería esgrimir la falta de conocimiento o cultura como eximente, porque ser cívico no es cuestión de ser culto o no. Para ser cívico solo hace falta el deseo de serlo y la intención de aprender por la observación – donde fueres haz lo que vieres– lo que es correcto en cada situación, en cada momento.

Cierto es que se está perdiendo ese gusto por agradar a los demás. Parece que esa actitud restara valor personal o profesional a quien se prodiga en ceder asientos, ofrecer sonrisas, no decir todo lo que se piensa, franquear pasos, entregar la derecha o incomodarse para acomodar a los demás. La realidad, los años y la experiencia personal me llevan a afirmar con rotundidad que la soberbia, los malos modos, la falta de educación y la falta de respeto consciente a las normas sociales no escritas llevan estrepitosamente al fracaso social y, por lo tanto, al empresararial, político o diplomático.

De lo que otros dieron por bueno en el pasado siempre se pueden extraer conclusiones nutritivas en el presente.
De lo que otros dieron por bueno en el pasado siempre se pueden extraer conclusiones nutritivas en el presente. Los conservo como oro en paño. La foto es mía….y los libros también.

Lo que está claro es que existen tantos y tan diferentes grupos sociales que cada uno de ellos impone sus normas de acceso y permanencia en el grupo. De ahí que determinadas personas no encajen en unos u otros grupos. De ahí, también, que al menos para la convivencia intergrupal, deban existir unas mínimas normas generales y de validez genérica. Unas normas mínimas de relación que, cuando son rotas, provocan la fragmentación y distanciamiento entre grupos que un día estuvieron unidos.

Eso es lo que nos está ocurriendo. Y cada vez más. Nos inventamos nuevas formas de ser y actuar que supuestamente son más modernas y se adecuan a nuestros días. Sin embargo, nos olvidamos de la esencia para el éxito de la convivencia: el respeto a los demás y los límites de la actuación personal que nunca se deben sobrepasar.

Es seguro  que a la notable pérdida de valores sociales personales hay que sumar el incremento del individualismo frente a la idea del bienestar del grupo. Debe ser una moda y, por lo tanto, todo los que está ocurriendo será pasajero.

Ahora entiendo mucho más, si cabe, a Coco Chanel cuando afirmaba: “La moda pasa. El estilo permanece.” Se que su afirmación no tenía nada que ver con la indumentaria.

© Juan de Dios Orozco López

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