Cortesía institucional.

La cortesía institucional comienza a ser la gran ausente en las relaciones políticas y diplomáticas. Desde hace algunos meses los hechos no hacen más que reforzar la idea de que las relaciones entre altos dirigentes se han convertido en una continua manifestación de mala educación. Esta actitud pública no hace más que acentuar la soberbia de unos y la escasa responsabilidad de otros.

Algunos dirigentes, con las más altas responsabilidades, han abandonado el gusto por intentar acercarse o distanciarse de sus rivales desde la cordura y con argumentos doctos. No se practican la sonrisa y las buenas maneras. Mucho menos la tolerancia y escasamente la inteligencia.

Parece que actuar públicamente con formas descompuestas alecciona a los más exaltados,  a los menos moderados, a los más vocingleros….. Las discrepancias y desavenencias ya no se solucionan con la sutileza de antes y entre bambalinas. Muy al contrario, los enfrentamientos se llevan a la opinión pública a través de los medios de comunicación social con la intención de que las voces de una minoría de exaltados haga callar a la mayoría de los que, observando las diferencias, preferimos buscar antes los puntos en común que las barreras que nos separan.

La diferencia entre los que gustan de palabras y hechos subidos de tono y los que preferimos el acercamiento discreto y suave –soft diplomacy– es que aquellos se crecen por el volumen de su voz y sus barriobajeros modales, mientras que otros lo hacen por la intensidad y la validez de sus argumentos.

El insulto nunca fue recurso de los inteligentes y mucho menos de los poseedores de la verdad. Simplemente porque los capaces, seguros de sí mismos y perspicaces no necesitan hacerse oír por el volumen de su palabras sino por el contenido, razón  y validez de las mismas.

Vilipendiar, por el contrario, es propio de ignorantes que consiguen que otros de su mismo pelaje, más simples si cabe, les sigan. Insultar es la única herramienta de quienes no encuentran solución a los problemas que ellos mismos han planteado.

Lo deseable es que, a cualquier nivel institucional esta desagradable, poco acertada y grosera forma de actuar, no se llevara a cabo. Pero entre el anhelo y el hecho hay mucho trecho.

Para “ilustrar” lo anterior, quién mejor que el Presidente de Venezuela, que intentando distraer la atención de los muchos problemas por los que atraviesa su país, azuza al coro de palmeros para que nos ladren mientras cabalgamos. Lástima que un pueblo tan noble como el venezolano cuente con tanto dirigente  cuyo escaso sentido del ridículo y falta de responsabilidad institucional le impidan ser respetado por la comunidad internacional.

Lo cierto es que los insultos nunca hieren cuando con ellos se pretende suplir la falta de capacidad, pobreza intelectual, mediocridad personal y falta de respeto institucional. Tampoco es menos cierto que no insulta el que quiere sino el que puede.

© Juan de Dios Orozco López

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3 comentarios

  1. Quod natura non dat, Salmantica non præstat….. Gracias!! Como siempre! Excelente!
    Abrazo
    PEBR

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