El protocolo cede el paso a la comunicación institucional.

Cuando nos referimos al protocolo lo podemos hacer desde muchas y diferentes aproximaciones. Si lo hacemos respecto de los modos de actuar públicos, de las atenciones y deferencias que se ponen de manifiesto en presencia de otras personas, de la adecuación y adaptación al contexto de las maneras de proceder, podríamos referirnos a lo que todo el mundo entiende por protocolo social. En este sentido, como ya he mencionado en otras ocasiones, “protocolo es un conjunto de normas que facilitan el éxito en cualquier tipo de relación, sea política, diplomática, empresarial o social”.

La aceptación social -y por lo tanto la capacidad de influir en los demás- está directamente relacionada con la percepción que la sociedad tenga de un personaje público. Así, la adaptación de la conducta pública a lo que la convención social entiende que es de buena educación, impulsa la aceptación social del personaje y lo que este representa. Por el contrario, si los modos de actuar son descompuestos, la ciudadanía rechaza a los que públicamente actúan así. En cualquier caso, la sociedad debe observar lo que ocurre para dar el premio de su aprecio o recibir el castigo de su rechazo. Esto último es lo que algunos critican de la supuesta operación que S.M. El Rey D. Felipe VI ha iniciado para incrementar su aceptación pública. Algunos critican esta acción marketiniana negando a éste la libertad que sí se otorga a cualquier dirigente actual, sea político o empresarial. Promover la propia imagen, el conocimiento de lo que se representa y la difusión de las propias ideas dentro de los límites que marca la Ley, parece un derecho inalienable e irrenunciable para el Rey, aunque algunos pretendan secuestrar ese derecho.

Lo realmente cierto es que D.Felipe ha impuesto un nuevo protocolo que intencionadamente pretendería hacer ver que otros cambios de más calado se están produciendo -o se van a producir- en la Jefatura del Estado. En este sentido, lo único que puede hacer el Rey es poner de manifiesto el cambio de las formalidades observables a simple vista porque la metamorfosis de fondo no puede ser ni inmediata, ni drástica, ni excesivamente explícita.

Que El Rey ceda el paso a la Defensora del Pueblo no es más que una forma sutil de  indicar que otros cambios más profundos se están produciendo.
Que El Rey ceda el paso a la Defensora del Pueblo no es más que una forma sutil de indicar que otros cambios más profundos se están produciendo.

Por un lado, la rapidez del cambio impide obtener los beneficios de la reflexión serena y, por otro, imponer un cambio radical significaría tanto como admitir que lo hecho por S.M. El Rey D. Juan Carlos no ha sido lo suficientemente bueno. Por eso, los mensajes que D. Felipe emite cuando, por ejemplo, cede el paso a la Defensora del Pueblo son sutiles, medidos y premeditados. Son movimientos estratégicos por nimios que parezcan. Es como si con estas nuevas formas de actuar pretendiera indicar que también se están produciendo cambios de fondo. Y lo está haciendo bien porque, entre otras circunstancias, ha conseguido que los cambios de protocolo sean vehículo y vector que impulsan la comunicación en la Jefatura del Estado. ¿Protocolo? No. Comunicación institucional.

© Juan de Dios Orozco López

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