Protocolo o cortesía. Esa es la cuestión.

La semana pasada, la mayoría de los que escribimos sobre protocolo traíamos hasta nuestros blogs lo que aconteció en Granada entre su Alcalde y la Presidenta de la Junta de Andalucía en un acto al que asistían los Príncipes de Asturias. En este acto, el alcalde de Granada no permitió que la presidenta de la Junta de Andalucía hablara justo antes que el Príncipe de Asturias lo que provocó que aquella no asistiera al interpretar que se la menospreciaba. Lo cortés hubiera sido que el alcalde hubiera cedido y que la presidenta, con más rango que el propio alcalde de Granada, hubiese hablado justo antes que el Príncipe. Cortés hubiera sido, también, que la Presidenta hubiera asistido al acto por respeto a los Príncipes de Asturias. Ninguna de esas actuaciones cortesanas se produjo y los dos quedaron, ante la opinión pública seguidora del contrario, como Cagancho en Almagro.

Todos -al menos todos los autores que yo he leído y yo mismo-  sostenemos que la cortesía y la costumbre deben presidir la actuación pública de nuestros representantes políticos, de manera que esa forma de ser y aparecer frente a la sociedad sea ejemplo de relación para todos, además de poner en valor las tradiciones.

La cortesía sirve para eso -ya lo he escrito en multitud de ocasiones- para hacer sentir cómodos a los demás aún a costa de nuestra propia incomodidad. Esta forma de tratar a los demás, tiene un significado intrínseco que está relacionado con la cesión. Es cierto. A los amigos que nos visitan en casa les cedemos nuestro mejor sillón; a una señora le cedemos el paso y, tanto en los negocios como en política, cedemos la presidencia para que nuestros invitados y las personas relevantes sean reconocidas como lo que son y nuestra actitud les haga sentir bien. Pero la cortesía no obliga a todos por igual porque cada uno puede entenderla y practicarla según su propio entendimiento y, lo que es mucho peor, según su propio interés. Así, un político, por cortesía, puede ceder la presidencia de un acto a otro político afín y hacer lo contrario con un  político rival. La cortesía, entonces, estaría relacionada con sentimientos e intereses particulares y su puesta en práctica siempre tendría una interpretación diferente y dependiente de partidarios y detractores, de quien la practica o la omite.

De acuerdo con lo anterior, parecería que la estricta puesta en práctica de lo que determine la Ley es lo más adecuado, por encima de cortesías, modales e incluso urbanidad, para la puesta en escena de actos de las administraciones públicas. La Ley obliga a todos por igual y es igual para todos…..siempre y cuando tengamos una normativa legal actualizada, adaptada y lo suficientemente detallada como para cumplir con las necesidades de la sociedad, claro está.

Protocolo o cortesía, esa es la cuestión. Lo que está absolutamente claro es que las dos no pueden convivir en política. Yo creo que en las relaciones institucionales internas de cualquier estado, debería imponerse la legalidad mientras que las relaciones sociales debieran estar presididas por la cortesía. En la puesta en escena de las administraciones públicas y sus representantes, la ley debe imperar de tal modo que nadie tenga nada que esperar del favor ni temer de la arbitrariedad (*)

Quizá tu tengas otra opinión….

© Juan de Dios Orozco López

(*) Tomo la frase del artículo 18 de las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas de España que literalmente reza: “Propiciará, con su actuación, que la justicia impere en las Fuerzas Armadas de tal modo que nadie tenga nada que esperar del favor ni temer de la arbitrariedad”

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2 comentarios

  1. Estimado Juan de Dios,
    Nada más que comentar de tu acertada reflexión ya que la comparto totalmente.
    Un cordial saludo,
    Belén Egea

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