Jefe de Protocolo y administrador de vanidades.

Lo he leído hace unos días en una entrevista que alguien hizo a Bernardo Lizaur, segundo Jefe de Protocolo de la Casa de S.M. El Rey. Lizaur, al que recuerdo siempre con una sonrisa en la boca, como un caballero y un excelente oficial del Ejército, se lo comentaba a su entrevistadora: «una de mis responsabilidades como jefe de protocolo es administrar las vanidades de las personas, y eso en ocasiones puede llevar a situaciones complicadas»

Reconozco que es una de las definiciones de Jefe de Protocolo más acertadas y original que he oído nunca. Aun pareciendo una obviedad, es absolutamente cierto que a este menester dedica gran parte de su tiempo el Jefe de Protocolo.  Es el Jefe de Protocolo el que administra, parte y reparte la posibilidad de «ser más que otro», por encima de ambiciones y deseos personales. Ardua tarea es, pues, decir a alguien que fue o pretende ser, que no es y que no puede ser. Tremendo y digno de encomio es imponer criterios legales con las armas de la razón a quienes solo esgrimen pretensiones personales. Mantener una posición firme para no conculcar la legalidad es actuación difícil aun cuando se ejecute desde las más altas instancias del Estado. Ni que decir tiene que cuando la actividad protocolaria se lleva a cabo en instancias de más bajo rango, la actuación del responsable de protocolo se complica en grado sumo.

He conocido a grandes Jefes de Protocolo que han dirigido pequeños actos y a otros de grandes instituciones que, creyéndose en posesión de la verdad, hicieron de su actuación un continuo desaguisado. Aquellos hicieron gala de su profesionalidad y estos pusieron de manifiesto sus carencias. Por cierto, que los primeros no necesitaban ni títulos acreditativos ni medallas, mientras que los últimos hacían siempre gala de grandes proezas y reivindicaban siempre sus éxitos.

Los GRANDES Jefes de Protocolo son siempre agradecidos, condescendientes con sus subordinados y no esperan más satisfacción que la personal de llevar a término, con éxito, una actuación de equipo.

Los enanos, siempre pretendiendo ser GRANDES Jefes de Protocolo, buscan la palmadita en la espalda del superior mientras menosprecian a sus subordinados públicamente, poniendo de manifiesto su minusvalía profesional e intelectual. Desean y aspiran a la recompensa en el pecho y se apuntan tantos que fueron anotados por otros.

Pero al final, nadie puede ocultar sus defectos o poner de manifiesto sus supuestas virtudes indefinidamente. El tiempo establece precedencias con inexorable protocolo; el tiempo premia a los que fueron, son y serán y, es el tiempo, el que condena al ostracismo a los que pretendieron ser administradores de vanidades y nunca lo consiguieron, precisamente, por vanidosos.

© Juan de Dios Orozco López

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10 comentarios

  1. Hace mucho tiempo hablando de esto mismo un amigo me dijo que el problema de todo esto es «la gestión de egos», creo que esto es lo más importante en nuestro trabajo, tanto con los de un lado (los de protocolo) como con los que están en el otro lado (los que acuden a los actos).

  2. Amigo Federico, gracias por el comentario. Es cierto que el ejercicio del Mando no siempre es bien digerido por quien tiene la responsabilidad de ejercerlo.
    Saludos.
    JDD Orozco.

  3. Estimada Sonia: a veces me pregunto dónde el ego está más acentuado, si entre los señoritos o entre quienes les rodeamos.
    Saludos.
    JDD Orozco.

  4. Estimado Juan de Dios:
    No me gusta que en algun acto se hayan parado a felicitarme al término del mismo, me parece como que las anteriores veces lo hubiese hecho mal,yo sola me pongo contenta o satisfecha cuando se realmente que todo me salió como lo había planificado.Y mas contenta aun cuando oigo al público-que no sabe de Protocolo- comentar que todo les pareció muy bien organizado. Gracias por tu artículo.

  5. Estimada Teresa: como tu indicas, el mejor protocolo es el que no se ve y la mejor organización la que no se aprecia por el participante. Lo difícil es hacer las cosas fáciles, sencillas y cómodas para quienes asisten a los actos como actores o espectadores.
    Saludos cordiales.
    JDD Orozco.

  6. Querido Juan de Dios,
    Genial tu post, como siempre, no sabes las ganas que tengo de conocerte personalmente algún día.
    Un vez me dijeron al finalizar un acto algo como: «Oye, no sé si tú tienes que ver algo con esto, pero muy bien todo, eh?» A mí me hizo tanta gracia que contesté «Yo solo le doy a un botón y la cosa sale sola». En definitiva, que nadie ve las horas de trabajo que hay detrás de un acto y no se valora ni se reconoce ese esfuerzo, y que, al menos en mi caso, los mayores problemas en cuanto a precedencias los suelen dar aquellos que precisamente están más abajo en el reglamento. No sé cómo será trabajar en las altas esferas de las grandes instituciones, pues mi caso se limita al de un pueblo grande de los muchos que hay en este país, no tengo personas a mi cargo y casi siempre acabo haciendo de todo, pero imagino que en muchas ocasiones las personas que se dedican al protocolo y la organización de actos no son valoradas lo suficiente a nivel profesional e incluso entre sus propios compañeros de otros departamentos, cuando en definitiva, al menos es mi opinión, son en una buena parte responsables de la imagen pública de esa institución, de su reputación y de su prestigio social, y eso beneficia o perjudica a todos y a todas. Un abrazo.

  7. Estimado Alonso, gracias por tu comentario. Ojalá que podamos conocernos pronto. Tienes toda la razón. La sensación que se tiene al finalizar una acto es que nadie se da cuenta de lo que hay detrás de el y del esfuerzo relaizado por el responsable y sus colaboradores. Quizá sea esta una de las características de un buen Jefe de Protocolo: siempre está y nunca se le ve. Además solo tenemos éxito cuando «no pasa nada» y todo ha rodado con normalidad. Los profanos no se dan cuenta que esa normalidad tiene detrás muchas horas de trabajo. Dicho esto, por lo que me dices, deduzco que haces muy bien tu trabajo. Un afectuoso saludo.
    JDD Orozco.

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